¿VELERO O MOTOVELERO?

(ESPERANDO LA CARROZA)

                                por Ing. Naval Roberto R. Alonso                              

 

El subtitulo que se me ha dado por poner a la presente nota se desliza con infalibilidad como el tiempo. He visto nacer y crecer abordo a mis hijos y a los hijos de mis amigos. Los chicos a los que ayer les poníamos  el chalequito salvavidas antes de  subir al barco, hoy  son unos pichones que doblan el mástil cuando repican las drizas.

El paso del tiempo no solo trae musculatura a los tripulantes jóvenes sino también artritis reuma y saturación de rayos UV a los mas veteranos.

¡Me muero de frío...! No era una expresión muy usual en el cockpit abierto y no estanco del Grumete y, pensar en reparos era cosa de flojos. Los marinos siempre se han distinguido por ser tipos fuertes y sufridos capaces de soportar lo que la naturaleza les prodigue. Por lo menos así se lee en lo libros.

 Walt Whitman lo plasma en su poema “Me imperturbe”:

To confront nigth, storm, hunger, ridicule, accidents, rebuffs, as the trees and animal do...”

(Enfrentar noches, tormentas, hambres, burlas, peripecias, humillaciones, como lo hacen los árboles y los animales...)

 

Pero el hombre moderno mutó. El progreso lo cambia todo, a veces para bien otras no tanto.

Leí hace algún tiempo que si dentro de 1000 años hubiese que buscar un símbolo distintivo de nuestra  civilización, sin duda sería el automóvil el que grabara su impronta. La belleza de los cientos y cientos de diseños existentes han profundizado en todas las variantes posibles del gusto del hombre por este su caballo mecánico , auxiliar y compañero inseparable. La estilización, lujo, brillo y funcionalidad son alguno de los aspectos  mas observados a la hora de elegir. Podemos asegurar a simple vista en nuestro andar cotidiano que, son los convertibles o descapotables los modelos de los que existe  menor cantidad, aunque no por ello son menos admirados ni codiciados por el  hombre común. Pero llegada la hora de comprar un automóvil ,es otra cosa. Allí salen a relucir todas las variantes y necesidades operativas del grupo familiar: dos o cuatro puertas, baúl bien amplio y; hasta llegado el caso la elección final recae una camioneta bien fuerte y cómoda con gran capacidad y volumen interior aunque el usuario sea un matrimonio sin chicos que viaja una sola vez al año al campo de los tíos. Del convertible tan codiciado...bien gracias.

 

A la hora de elegir el barco el análisis pasa por otras consideraciones que no dejan de ser  verdades a medias o, lo que es lo mismo ...medias mentiras. Inevitablemente casi todos eligen –a la inversa de los automóviles funcionales –barcos tipo “descapotables”. Esto es: barcos de hermosas y estilizadas líneas pero desabrigados.

 Cuando se cruza el Mitre en invierno con rumbo 90º da lástima ver a los tripulantes emponchados hasta las pestañas haciendo de lastre móvil sobre una banda y con las piernas colgando por fuera de la borda. La historia posterior  del “largo viaje” en el mejor de los casos termina simplemente con un rosario de mocos colgando y una ducha caliente. Así se foguean las tripulaciones ...al mejor estilo “cabo de Hornos” dos siglos atrás. Por supuesto que no opino así de los barcos “pura sangre” cuyo único y exclusivo fin vaya a ser el de competir en regatas y ganar copas o medallas.

Imaginemos por un momento que  fuera también invierno y nos tocara navegar en Mar del Plata, Madryn, La Paloma o Comodoro Rivadavia...para no ir a los extremos geográficos mas hostiles en climatología.

¿Elegiríamos un “descapotable” para navegar allí? Creo que no, salvo que navegáramos solo esporádicamente. Agua de mar , sol, viento, frío, lluvia o nieve aportan al cuero con el paso de los años los mismos resultados: castigo y desgaste... cuando no algunos epiteliomas para no ir tan lejos, en beneficio económico  de los “peleteros o los fabricantes de las  pantallas solares”.

El paso del democrático y justo tiempo (pues pasa inevitablemente para todos y a la misma vez) va produciendo una metamorfosis en los barcos en la medida que sus propietarios se van añejando. Tímidamente primero con una “chuvasquera” que protege la entrada a la cabina. Después, con el paso de los años del barco y del propietario, esa misma chuvasquera va creciendo con menos timidez hasta abrazar los laterales de la carroza, convirtiendo las hermosas líneas del perfil original del barco en algo parecido a los frentes toldados de los maxi kioscos del barrio Once.

Si la funcionalidad en verano encuentra apoyo en el alerta científico sobre la posición del agujero de ozono, la cosa se agranda en toda su dimensión y el complemento de una toldilla de protección transforma  estética y definitivamente al barco en un puesto de la feria. Ya no quedan entonces  tan lindos como en los días de las primeras singladuras aunque para  sus dueños, por amor poético o por la crisis ulterior  hayan decidido como los vikingos, morir con ellos.

Es por previsión a eso que  hay que tratar de esclarecer conceptos y desmitificar los abrigos que se pongan para proteger al hombre sobre la  cubierta. “No se es menos marino por navegar abrigado”. Ni que hablar sobre la opinión favorable que tienen particularmente  las mujeres o; el atractivo que resulta poder ofrecer un programa de navegación familiar de largo aliento dentro de una cabina o timonera bien cerrada sin que  las gotitas de agua se escurran por el cuello o el traje de agua sea la ropa obligada en el desfile de modelos de los tripulantes.  

  

Cabina, pilot house, chupeta, dog house, carroza, timonera, puente de mando, perrera son los nombres de aquellos reparos plantados armónicamente en estilo a veces (y otras no tanto) sobre la cubierta para hacer mas agradables las singladuras del navegante y que a la vez,  les posibilita no preocuparse tanto por las condiciones hidrometeorológicas reinantes durante la travesía o durante su estada abordo. Es indescriptible e incomparable la sensación de una guardia nocturna dentro de un pilot house.

Me decía un amigo  entrerriano asiduo navegante a las costas de Brasil con su numerosa familia, al que le construimos años atrás  el  BW 35’ “Tupa”:

:

- Es un antes y un después en mi vida de navegante. No se como pude haber perdido tanto tiempo en llegar a esta fácil solución. No se puede navegar de otra manera

 

Por eso es hora de esclarecer conceptos. No todos los barcos con cabina son genéricamente “motoveleros”. Estos se definen así fundamentalmente por darle mayor preeminencia a la propulsión mecánica que a la vela. Es decir. barcos con motor de mayor potencia y gran reserva de combustible. Con un máximo de velocidad alcanzada principalmente con la potencia de su/s motor/es. Hay otras características mas notables estéticamente. Se podría decir que en los motoveleros  la timonera ocupa un volumen importante en proporción al volumen habitable interno del yate. Otra de las características  distintivas pueden estar señaladas en las dimensiones de las ventanas de la  misma timonera. Por ser barcos acondicionados para navegar en aguas protegidas, o en navegación entre cabos -también clasificados como para  “inland navigation”- el tamaño de  las ventanas puede ser moderadamente  mayor sin perder seguridad

Un velero con cabina en cambio sigue siendo fundamentalmente un yate  que alcanza su velocidad mas eficiente por medio de las velas; que utiliza un motor auxiliar de relativamente menos potencia y que por lo tanto tiene mayor autonomía. Los cerramientos ventanas o tambuchos son de menor tamaño y se pondera fundamentalmente en su clasificación la estanqueidad y resistencia de los mismos a los embates y golpes del mar sin necesidad de estar blindados con tapas corazas exteriores en caso de mal tiempo (lo que se propone como protección para el caso anterior en vista de un pronóstico adverso).

 

La “chupeta” (término al decir mi maestro Campos ) es el tipo de cabina minimizada como la que originalmente  le diseñó  en aluminio con uniones remachadas al “Fortuna” y unos años antes (1942) a “La Argentina” (el yate que le dibujó a Vito y no pudo construir por falta de medios,  cuando este  pensaba lanzarse a “la gran vuelta” por los 40 bramadores ).

Un “dog house” también llamado perrera es el tipo de abrigo para el puesto del timonel generalmente abierto en popa  como el que utilizó finalmente Vito en el Lehg II para pasar por el Cabo de Hornos. Se podría acotar que son casi como el carenado de las motocicletas o las cabinas aerodinámicas  suspendidas de los teléfonos públicos.

Si la acepción trepa en su definición  a la categoría de “carroza” es posible que el tamaño del barco y su perfil  permitan representar un casillaje sobre la cubierta mucho mas importante  en longitud y altura.

Cuando los años o  los achaques hagan imposible considerar al nauta velerista lector que cualquiera de las protecciones o abrigos aquí descriptos pueda representarle un lugar cómodo y acogedor para seguir navegando, será hora de ir pensando en el cambio como lo hizo el sabio navegante Quillo Boneo. Un trawler es una opción alternativa adecuada para gozar de todo el litoral fluvial que nos regala nuestra geografía de entorno ( sin impactarla demasiado).

Por último  si nuestra pasión fuesen los fierros  y/o asegurarle una renta a las empresas petroleras; un buen crucero con un malón de caballos de potencia en la sala de máquinas nos darán la carroza tan cómoda y ansiada  para “curtir” la navegación desde un belvedere privilegiado.

Hasta el próximo mes.         

 

 

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