RECUERDOS DE MI NIÑEZ CON MANOLO CAMPOS

Muchos niños sueñan con tener a su abuelito cerca, ese viejito bueno que nos cuenta historias que desde nuestra pequeña altura nos hacen imaginar un mundo repleto de maravillas y secretos, esas detonantes aventuras que se nos meten en la cabeza y nos la abren al pensamiento...a la imaginación.

Mi niñez no me dejo conocer a aquel abuelito que llevaba la sangre de mi padre, pero me hizo conocer a quien tomara su lugar, a aquel que llamaba “pichón” a mi padre, ese hombre flaco de poco pelo blanco, que llevaba su bastón y caminaba lento, ese que sabia casi de todo, y me hablaba de barcos...de dibujos...de libros.

Recuerdo todavía mis viajes a la oficina de diseño de la calle Lavalle, en mis 10 años, con mi mamá, donde me envolvía una atmósfera marina, desde los modelos colgados en las paredes, los planos por doquier, la fantástica colección de libros que ambos habían juntado - la misma biblioteca que hoy es testigo silencioso mientras escribo estas líneas – cuando se me acercaba y me decía: de que queres leer? A lo que mi espíritu aventurero siempre respondía cosas como...de naufragios!...de tesoros escondidos en las profundidades!...algo de piratas!!! Y recuerdo que sin vacilar nos dirigíamos a “ese” lugar de la biblioteca donde se escondían en la espera de su lectura aquellos beneficiados con mi elección. Entonces con una síntesis perfecta Manolo me contaba sin errores lo que aquel libro contenía, y me invitaba a leerlo.

Cosa que después de su narración oral yo tenia suficiente para imaginar mis aventuras y peripecias de mis amigos los integrantes de la historia. A pesar de ello intentaba sin éxito comenzar su lectura, que terminaba siempre con el salteo de las paginas de letritas y la hipnosis con las de dibujos y fotografías.

En todo este asunto había algo que me extrañaba, todos los libros que llegaban a mis manos estaban escritos y corregidos, como si quien los hubiera leído antes que yo había encontrado errores y diferencias con su experiencia...cuando paso el tiempo y comencé sus lecturas, me sentía que había alguien más conmigo cuando recorría sus páginas plagadas de notas, de artículos de diarios y revistas referentes a lo que el libro trataba, correcciones propias de una mente destacada...leída por demás.

Esta manía de corregir los libros, la recibió mi padre y la heredé yo mismo, por supuesto hay quienes creen que los libros son intocables...pero yo creo que es una forma de participar con las vidas de aquellos autores, de ir completando aquellas obras que nunca nadie podrá poner el punto final.

De esta manera fui creciendo, plagado de dibujos, esperando a que el profesor del colegio nos dijera, Tema: libre...esperaba hasta ese momento para seguir perfeccionando las líneas de mis veleros y poder realizarles cambios, o imaginar mas amaneceres...

Así llegó un día cuando todo el mundo estaba triste, preocupado...y luego de un viaje largo de auto arribamos a una clínica cerca de la panamericana, allí descansaba en una cama aquel abuelito mío, muy débil y desprotegido, como queriéndose embarcar en su última singladura, con su cara relajada y como sabiendo que esta no era una tormenta, esto era el alistamiento para izar el spinaker y el blooper de la época, y salir a recorrer el infinito viento en popa.

Ofrecí a uno de mis inspiradores, mi mejor dibujo de aquel barco con el que partiría bajo su almohada tiempo después...y hoy me cuentan que Manolo repetía al verlo que conservaba buenas proporciones...

Recuerdo a mi padre hablándole de barcos, de una navegación que estaba pasando, y que llegaría sano a buen puerto. En una de aquellas visitas, mi padre le dijo que estábamos en un barco de tracas de lapacho...madera dura!! Y Manolo pensativo quedo pensando mucho tiempo en el lapacho...

Hasta que llego el día, donde los preparativos de su viaje habían finalizado, y sin decirnos adios, con la primera luz del día soltó amarras y se alejó del puerto...navegando hacia el infinito.

Hoy nuestro homenaje también se ve plasmado en uno de sus diseños de 1931, líneas de las cuales tiempo después saliera del mismo tablero el Lehg II de Dumas: el Simbad, cuyo dueño Adolfo, antes de partir también, nos entregó como legado para salvar y mantener vivo el recuerdo. Ese barco hoy esta siendo restaurado.

Pero mientras que haya alguien que lea alguno de sus libros corregidos, navegue alguno de sus barcos, o simplemente lo recuerde con afecto...nadie puede morir.

 

 

 Martín U. Alonso

 

 

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