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PONIÉNDONOS
A CUBIERTO O MATERIALES PARA CUBIERTAS
Desde
los inicios de la historia de la navegación y cuando el hombre
comprendió que este medio
de transporte era capaz de trasladarlo a
una distancia aún mas
lejana que la costa que podía otear en el horizonte, la
permanencia abordo y las inclemencias
del tiempo que debía soportar lo obligaron necesariamente
a “ponerse a
cubierto” para no perecer en el desafío. Primero y
en forma tímida aquellos primitivos y muy marineros botes
abiertos como los “knarr” de los vikingos o
los botes de armazón de madera con casco forrado en pieles de
buey que usaron los irlandeses y se hicieron conocidos
modernamente por la réplica de construcción y el consecuente viaje
efectuado por el historiador y explorador marítimo Tim Severin a
Groenlandia y Península del Labrador siguiendo la ruta de San Brandán
en el tempestuoso Atlántico Norte, fueron anexando pequeños “lomos
de ballena” en su extremo proel y diminutos cobertizos de madera y
piel para que sus tripulantes pudiesen soportar el rigor del viento la
lluvia el sol y el mar. También podemos reseñar a los más protegidos
kayaks de los esquimales que conocieron rápidamente las ventajas de una
cubierta estanca en sus botes forrados totalmente con piel de foca, esa
protección que además le aseguraba flotabilidad y estanqueidad
sencillamente marcaba el límite entre la vida y la muerte.
Estaba dado entonces - con un concepto darwiniano en la
teoría de la evolución náutica – el punta pie inicial para
que el perfeccionamiento de aquellos cobertizos devinieran
en la forma mas técnicamente perfeccionada de una
“cubierta”.
Aun
las primitivas balsas de papiros o de troncos de madera incorporaban un
casillaje para poner a sus tripulantes “a cubierto” para poder alimentarse o dormir sin tener que soportar – o
al menos disminuir - el rigor de los elementos cuando la travesía era
de largo aliento.
Cuando
el navegante comprendió esta ventaja dejó a los botes abiertos
solamente destinados a cruceros cortos y tareas náuticas
auxiliares a realizar durante un lapso corto de tiempo y preferentemente
durante la luz del día.
Múltiples
combinaciones de materiales se realizaron a lo largo del tiempo en un
sostenido juego de “prueba y error” para mejorar la estanqueidad de
estas protecciones sin modificar las características marineras que
admiraban de los barcos.
Las
filtraciones de agua de lluvia o del
mar eran, y siguen hoy siendo un molesto y pertinaz enemigo de
quienes buscan abrigo bajo cubierta. Cueros, lonas enceradas, cartones
alquitranados, totoras, tablazones de madera, resinas, breas, fibras,
metales, cementicios y plásticos fueron armando un rosario de
alternativas y combinaciones que el hombre experimentó en el
laboratorio de su larga historia sobre el mar.
CON MADERA
La
buena construcción de un gran yate de madera en los albores del siglo
pasado (siglo XX) incorporaba una cubierta de baldeo de gruesa teca
prolijamente calafateada y un marinero para regarla diariamente para
mantenerla húmeda e hinchada. Estas dos condiciones eran una clara
muestra de la potencialidad económica del propietario. Cuando el tamaño
de los veleros comenzó a disminuir para hacerlos maniobrables con menos
tripulantes, los cursos alineados de la tablazón de cubierta de
teca se hicieron necesariamente mas finos y el marinero para
regarla quedó siendo el mismo propietario. El resultado de aquel índice
de calidad inducida de los barcos mayores era un desastre. La cubierta
reseca por los rayos del sol en su descanso en la amarra,
era literalmente un colador a la hora de enfrentar a Neptuno.
Entonces la imaginación se agudizó y el doble forro hizo la gala de
los buenos carpinteros
navales. Una lona pintada con albayalde era como el sándwich de jamón
de las reglas del arte naval entre aquellas dos maderas que pretendía
hacer estanca a la cubierta. La cubierta pesaba mas pues tenía mayor
cantidad de material. Se agregaban lonas y encerados cubriendo al yate,
los que eran muy pesados de sacar en el momento de salir a navegar. Esto
prorrogaba por algunos años la necesaria cirugía que se imponía
a la cubierta cuando las filtraciones de agua imperceptibles pero
existentes se detectaban en su daño final, cuando el dedo inquisidor
atravesaba el doble forro de madera interior
que estaba pintado pero lamentablemente podrido.
LLEGA EL PEGA-PEGA
Después
llegaron las soluciones mas prácticas y menos hermosas. Los
propietarios, verdes de aguantar goteras, verdes de cambiar tablas en
cubierta y verdes de hongos en la ropa depositada en los roperos y
armarios interiores, aceptaban resignados poner un “paño de piedad”
sobre la bonita cubierta de baldeo, cubriéndola con tela mosquitero plástica
fijada con tachuelas de cobre y engomándola a
diestra y siniestra a espátula corrida como en un cuadro al óleo
del pintor fobista en los años veinte.
Las gomas sintéticas y los selladores desplazaron al albayalde y
la pintura, al pabilo y la
brea en los viejos barcos de madera.
A pesar de todo, aquella pequeña gotera o vía de agua en los días
de lluvia o mar picado quitaba todavía el sueño del propietario. Lo
primero que normalmente se veía en el puerto de refugio el primer día
de sol después de la recalada, era ropa y mantas mojadas puestas a
secar y al patrón con un tubo o pomo de sellador buscando las molestas e indetectables rajaduras y los
agujeritos imperceptibles que maliciosamente escondía la cubierta.
Cuando
el navegante no soportaba mas este martirio chino acudía al
procedimiento reparativo “extremo” de plastificar totalmente
la cubierta y contarle a los amigos embarcados – como en un
descargo de conciencia - la hermosa cubierta de baldeo que el
barco tenía debajo, excusándose por
el pecado de deslucir aquella obra artesanal en post del
beneficio práctico de no vivir mojado. Si el barco era grande el peso
del plástico agregado se
notaba poco.
CUBIERTAS DE PLÁSTICO
DIRECTAS DEL MOLDE
Pero
el progreso que impuso la tecnología con los nuevos materiales y
desplazó a la madera de la preferencia de los nautas por el
mantenimiento que exige, no pudo desplazar tan fácilmente a las goteras
de las cubiertas. Las
uniones imperfectas entre
la cubierta y casco para
los barcos construidos en PRFV dejaban un regusto amargo en el
propietario a la hora de recordar el importe pagado por su nave
y reflejarse en esa sentina encharcada a pesar de que el viento y el oleaje
“no habían sido tan fuertes” en la última singladura.
Los
argumentos esgrimidos por el constructor a la hora de vender, no se
cumplían. Los hongos seguían siendo “los dueños del ropero”. En
otros casos es la condensación interior – producto de una
aislación inadecuada – la que complica el diagnóstico del
resignado nauta que guarda en su álbum de fotos con el barco, mil y una
coreografía pero extrañamente, ninguna con el tubo de sellador en
ristre.
Podemos
dar muchos argumentos a la hora de justificar la existencia de
filtraciones en los cascos de plástico: Excesivos esfuerzos en las
landas, mamparos no adecuadamente cosidos al laminado, material adhesivo
escaso, falta de bulones en la unión mecánica entre el casco y la
cubierta, laminado de sellado imperfecto. Todos ellos pueden resumirse
generalmente en una sola conclusión: 1) Si el método de unión entre
casco y cubierta elegido por el diseñador es el adecuado, el
procedimiento constructivo de montaje para implementarlo ha tenido alguna falla.
Esa falla, la encuentra siempre el hilillo de agua en el jeroglífico
del sinuoso camino hasta la
gotera y, se lo recuerda
indubitablemente al propietario
aquel mamparo barnizado con una mancha oscura de humedad, o los
honguitos del viejo suéter que duerme en el fondo del armario a la hora
de abrigarse.
ESTANCA, RESISTENTE Y
LIVIANA
La
cubierta estructuralmente tiene que ser además
tan liviana como sea posible. Su posición mas elevada en la
geometría del conjunto casco/cubierta sube el centro de gravedad
general y disminuyen por lo tanto la estabilidad del barco. Esto acarreó
otro problema agregado en las construcciones seriadas: Menos peso es
menor cantidad de material y algunas veces la correcta
receta en planos del diseñador pudo haber sido recortada “para
que pese menos” por el instinto económico del constructor. El
resultado puede expresarse en este diálogo repetido:
-“¡Traten
de no saltar sobre la cubierta de proa,
porque flamea un poco ...!” Llega
el grito desde el cockpit una certera orden a los tripulantes,
cuando el patrón asume aquel defecto constructivo como “normal”.
Otras
veces el propietario
enamorado del barco al que no le quiere ver defectos, lanza una
sentencia de culpa a los tripulantes:
-“Muchachos
no caminen como elefantes que la cubierta se puede aflojar.”
Lo
lógico es que las cubiertas no se deben mover, no deben flexionar (sino
solamente dentro del límite elásticos definido
para el material en el diseño), no se deben rajar, ni despegar.
Están preparadas para bancarse una encapillada feroz
de mar y estructuralmente estarán monolíticamente unidas al
casco para aguantar el cacheteo de la marejada en ceñidas rabiosas
“sin aflojarse”.
Los
dibujos adjuntos detallan las uniones características entre el casco y
la cubierta recomendado por
el registro de clasificación Lloyd´s para los yates de PRFV.
COMBINANDO MATERIALES
Un
capítulo aparte merece las combinaciones de distintos materiales que
pueden utilizarse para alivianar la construcción de la cubierta.
Voy
a señalar en primer término la combinación de casco de acero con
cubierta de madera terciada
plastificada.
Nadie
mejor que el eximio
navegante y amigo Hernán Luis Biasotti para definir los límites e
inconvenientes que puedan presentar estos materiales. En el capítulo
XIII de su libro “El Segundo Amanecer” comprende, justifica y
acepta los límites de su valiente y querido barco el Eos II antes de
decidir resignadamente en plena batalla contra el océano el fin de su
enorme gesta náutica en solitario programada para montarse en la estela
del Legh II y la vuelta al mundo de Dumas.
Con
Hernán sobraba navegante y faltó barco. Un enamorado nunca está
dispuesto a admitir que su novia es fea ó que es la que menos le
conviene en el camino que va a emprender. Se enaltecen las virtudes y se
empequeñecen los defectos.
Esta
combinación constructiva adolece virtudes y defectos y es el mismo
navegante quién nos acota
la cancha menos exigente para
la que a su criterio está preparado el barco.
Las
cargas alternadas exigidas a la cubierta no son simétricas en flexión
o elongación
a las que resiste el casco de acero asociado. El resultado son
las vías de agua por los lugares que acusan estas asimetrías y
concentración de tensiones: marcos, juntas entre casco y cubierta u
orificios de uniones mecánicas agrandados en el terciado, etc.
Como
dato curioso también puedo reseñar una combinación de materiales no
tan comunes por la que me tocó transitar hace unos quince años, esto
es: casco de ferro-cemento con cubierta de acero.
El armazón interno de alambres de acero (llamado “pelos”)
muy similar al de la construcción civil de hormigón armado sirve allí
para fijar un falso trancanil de planchuela de acero a la que
se fija con soldadura y tornillos la cubierta de acero. La
rigidez monolítica del casco de ferro-cemento reduce la posibilidad de
tener vías de agua por deformación o flexiones del casco. El conjunto
de esta técnica constructiva aplicada también hace muchos años en
Nueva Zelanda en la construcción de pesqueros
lleva a barcos de alto desplazamiento cuyos cascos son muy
resistentes al deterioro y de bajo mantenimiento pues no son atacados
por la corrosión o corrientes galvánicas.
LOS METALES – ACERO Y
ALUMINIO
Estoy
seguro que una “lata completa”, con casco y cubierta bien estanco y
corregidos algunos defectos constructivos (por él mismo reseñados en
su libro), le hubiesen dado al Hernán Biasotti la satisfacción
cumplida del sueño de su vuelta al mundo.
El
viaje a la Antártida del pequeño
“Pequod “ de acero realizado
hace unos años por el arquitecto
navegante pintor y amigo Alvarez Forn,
es una muestra náutica palpable de aquella sentencia:
“lento... pero seguro” ¿En que otra forma puede llegar seca una
hormiga al continente antártico, atravesando las procelosas aguas del
Atlántico Sur, sino es dentro de una lata bien soldada y estanca?
Pero
las cubiertas de acero soldada en los pequeños veleros le restan hasta
un 10% de liviandad al desplazamiento total y elevan el centro de
gravedad general, reduciendo la estabilidad o capacidad de adrizamiento
del barco cuando porta
velas. Así los buenos diseños
de barcos de acero deben poseer moderadamente un poco mas de manga
(estabilidad de forma) en detrimento a veces de lo acotado de su lastre
(30 a 35% del desplazamiento). Es decir y aunque parezca una verdad de
perogrullo un barco de acero debe ser diseñado exclusivamente para ser
construido “en acero”.
Hoy
las virtudes de seguridad y estanqueidad
que son incuestionables en los cascos de acero se ven
adecuadamente aprovechadas con la introducción de la técnica “mix”
de construcción y montaje de cubiertas de aluminio.
La
tecnología naval militar desarrolló barcos con casco de acero y
cubiertas y sobre estructuras de aluminio.
Es decir cada metal estaba geométricamente aplicado en el lugar
que lógicamente debía
estar. Casco fuerte, estanco y pesado,
resistente a golpes y muy protegido antes de ser degradado por acción
galvánica, allí abajo en contacto con el mar. Cubierta liviana estanca
resistente y menos exigida por no estar sumergida permanentemente,
allí arriba.
Esta
combinación casi perfecta también para veleros agrega la ventaja
adicional en barcos a partir de los
34 pies de eslora de incrementar el lastre fijo en mas del 9% con relación al
desplazamiento (variando según la
eslora). Es decir barcos estancos fuertes y veloces.
Las
llamadas “juntas de transición”
con tecnología de “soldadura por explosión” de acero y
aluminio aportaron la solución definitiva. A partir de la década
de los 80´ diversas juntas patentadas como “Datacouple” de
Estados Unidos o “Nitro
Metall – Alpha Metaux” de Francia
están disponibles en el mercado y proveen una excelente
resistencia a la fatiga y corrosión.
Desde el año 2000 en Blue Water Boats, venimos desarrollando técnicas
alternativas y estudios comparados de uniones para el montaje entre
cubiertas de aluminio y cascos de acero como forma práctica de aplicar
todavía mayores virtudes de liviandad a la construcción naval metálica.
Ing.
Naval Roberto R. Alonso
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