BOMBONES MALVINENSES IV

por Roberto y Martín Alonso

          

CAMINANDO CON DARWIN POR LA ISLA

           

            El estado de ánimo de Darwin fue bastante sombrío durante su estancia en Soledad. Después de la anodina visita a Berkeley Sound y la estúpida  muerte del grumete Hellyer, las cosas no mejoraron durante la expedición por la isla. El 16 de marzo Darwin inició el viaje con dos gauchos, los únicos dos hispanos que no se mostraban preocupados por los asesinatos (se refiere a la muerte del irlandés Dickson y otros tres hombres a quien el capitán Onslow del HMS Clio había entregado un año antes la bandera británica y puesto a cargo de la colonia una vez que consiguió se marchara el capitán argentino Pinedo.- Esta percepción del estado de ánimo de esos gauchos que refleja Darwin, es clave para entender que a los hispanos no les resultara impropio la sublevación, que tenía como sentido práctico volver las cosas a su lugar), y tras dejar atrás la enorme roca  que se alza al sur de Port Louis, que hoy se denomina Prince´s Street, cruzó la cadena de colinas que atraviesa la isla –las Smoko Rocks o acantilados-antes de acampar cerca de Goose Green, la estación donde se concentra el ganado ovino.

            El clima era terrible: la noche del 16 sufrieron una tormenta  de nieve y granizo, mientras que el 18 llovió casi todo el día, de modo que por la noche los ánimos estaban decaídos. Los gauchos hacían hogueras con huesos de buey, si los encontraban , o con arbustos. Trataban de protegerse del frío con las sillas de montar. “el suelo sobre el que dormíamos cada noche era poco menos que una ciénaga” decía el científico explorador. El día 19 , malhumorados a causa del mal tiempo, todos estaban desesperados por llegar a Port Louis. “había decidido llegar al barco (Beagle) antes del anochecer, por los medios que fuese, lo cual felizmente conseguimos”.

A causa de la lluvia caída , el terreno, muy cenagoso, se encontraba en muy malas condiciones. “Mi caballo cayó una media docena de veces, y en ocasiones los seis animales que integraban la partida daban con sus huesos en el barro...”. “Hasta los gauchos tenían ganas de encontrarse al fin en sus casas”.

Para empeorar el cuadro, el viaje no había sido fructífero desde el punto de vista científico. Aparte de caballos y conejos, el único cuadrúpedo que encontró Darwin fue un zorro de gran tamaño, semejante a un lobo, que era muy común en el lugar. No obstante vaticinó con su característico tono amargo, que “el número de ejemplares ha disminuido rápidamente...y pocos años después de que estas  islas hayan sido colonizadas, este animal pasará a hacer compañía al dodo, una especie que ha desaparecido de la faz de la tierra.

            El último zorro de las Malvinas fue abatido en 1876

 

 PERO SIGAMOS  CAMINANDO AHORA CON TOBY GREEN

 

            Seguimos los pasos de Darwin alrededor de Johnson Harbour durante una hora y media, pero no avanzamos más porque topamos con las tierras del granjero George. Berkeley Sound era un lugar sorprendentemente tranquilo, las nubes bajas acariciaban los prados de hierba y brezo que se extendían por encima de una playa de guijarros cubiertos de mejillones  y sembrada de verdes marañas de kelps, el único “bosque” de las islas y de donde se deriva el adjetivo de kelpers  que los británicos le dan a esta clase social de habitantes isleños.

Había algunos ostreros en la costa que asemejaban barcos victorianos de mediados del siglo XIX. Unas cuantas ovejas trasquiladas huyeron de nosotros, avergonzadas por su desnudez, y sus balidos quebraron el silencio. La tranquilidad era tal que incluso percibíamos el eco discordante del aleteo de una bandada de ocas en el extremo de Berkeley Sound.

            Cuando regresamos a la granja ya había oscurecido y hacía un frío estremecedor. El verano tocaba a su fin y se había levantado una brisa gélida mientras la luz del sol se desvanecía como estrellas en el amanecer, Temblando llegamos a la casa para pedir al encargado información sobre Port Louis. La colonia había sido la primera capital de las islas, y aquel lugar la sede del gobierno (leer también a Goussac y la gesta colonizadora de Bougainville)..

Uno de los muros de la fachada estaba recubierto de hiedra y era vigilado por un enorme gato anaranjado. El hombre señaló la línea trazada por las fortificaciones  construidas por los franceses y los españoles  que ahora no eran mas que montones de tierra que se elevaban en la ladera de la colina como tumbas enormes.

 

 R.A. (¿Se tratará de  borrar evidencias históricas fundacionales  ? No habría  otra razón lógica meditada para tratar de borrar u ocultar este valioso  patrimonio histórico universal de colonización, independientemente de que nación lo reclame . Tal el caso mas próximo a nosotros de la restaurada Colonia del Sacramento R.O.U., que también vivió las ocupaciones alternadas de españoles y portugueses y no por ello fue oculta  por la furia de los iconoclastas  ).

 

Estábamos congelados y en el interior de la casa vislumbré a gente bebiendo y comiendo. Aquel hombre llevaba un cuchillo en el cinturón, al estilo gaucho, pero “no era un gaucho” y no mostraba muchos deseos de hablar.

            -Increíble – repitió Soren  mientras nos alejábamos del lugar- Es extraño que no nos invitara a entrar, no creo que tenga muchas personas con las que entablar conversación.

            Soren mi circunstancial compañero de viaje  alemán decidió meterse en la tienda de campaña mientras yo paseaba por la bahía , por la zona donde habían estado las antiguas almenas del fuerte. Un jornalero salió de un granero, lo saludé y conversamos sobre la granja.

            -¿De paseo? –preguntó

            -Sí

            -Por allí. Hacia Goose Green, encontrará mucho lodo, aunque aseguran que recientemente han construido algunas carreteras.

            Las carreteras tenían diez años o más de existencia, pero me pregunté  si aquel hombre se habría enterado de ello.

 

            Nos llevó tres días llegar a Darwin. Hacíamos una extraña pareja. Yo caminaba mas rápido que Soren, y me irritaba su necesidad constante de descansar. Él despreciaba el terreno llano y uniforme , y andar le resultaba aburrido, mientras que yo , después de mi largo periplo por la Patagonia, me había acostumbrado e incluso  disfrutaba bastante o, al menos , habría disfrutado si no hubiera sido por Soren.

            -Esto no tiene gracia- se lamentaba mientras chapoteábamos en el barro.

            Cuando llegamos a un arroyo, necesitó veinte minutos  para encontrar donde vadearlo en lugar de hacer lo que yo había hecho: quitarme los zapatos y vadearlo sin más.

            -Esto no tiene gracia- repitió al llegar a la otra orilla; le temblaban las piernas.

            Debo admitir que el paisaje era bastante desolador. No había árboles, no había nada que rompiera la  monotonía que nos rodeaba salvo las rocas y el brezo.  Descubrimos unas bayas de color rojo, pero eran muy amargas; también otra clase de bayas más dulces que se ocultaban en los bancos de musgo y que sabían a arándanos . Cuando encontrábamos éstas nos dábamos un festín  y deseábamos que fueran tan comunes como las omnipresentes bayas amargas. Había tres tipos de terreno: el suelo cubierto de matas que crecían de forma desigual y te hacían resbalar y tropezar además de destrozarte los pies como si fueran piedras; ciénagas cubiertas por hermosos lechos de musgos de color rojo y lila, tan disimulados que cuando los pisé me encontré sumergido en agua  helada hasta el pecho; y extensiones de piedra, como la de Prince´s Street, corredores de guijarros erosionados, a menudo de un kilómetro de ancho , con agujeros y grietas donde podías caer con facilidad y romperte una pierna. Después de cruzar el corredor de piedras mas complicado pasamos al río Colorado, situado por encima del monte Pleasant y observamos que se estaba gestando una tormenta en los Wickham Heights. Los vientos empujaban hacia nosotros grandes cúmulos de nubes negras dispuestas a regalarnos un diluvio darviniano.

            -Esto no tiene ninguna gracia- decidió Soren.

Soltó la mochila junto a un arroyo y acampamos allí.

            El dia siguiente fue algo mas agradable gracias a que conocimos a Mel, un granjero amable y locuaz que nos invitó a una taza de té en nuestro camino a Darwin. Me mostró su equipo de montar y comprobé que utilizaba la misma clase de silla que los argentinos.

            -Sí- admitió-, incluso utilizamos los mismos términos para referirnos a los arreos.

            De hecho , a medida que avancé por el camino observé que pocas cosas diferenciaban  el estilo de vida de las Malvinas  del de la Patagonia. Los granjeros todavía utilizan caballos para reunir el ganado, aunque los más ricos se valen de motocicletas; la tierra se usa casi exclusivamente para las ovejas , y las ciudades (o ciudad, en el caso de las Malvinas) son esencialmente administrativas. Es posible que Buenos Aires tenga pocas cosas en común con las  Malvinas, pero éstas son como primas hermanas de Argentina.... (sic).

 

                                                                                  (...Continuará)

 

 

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