BOMBONES MALVINENSES II

por Roberto y Martín Alonso

                       

“HACIENDO TREKKING EN MALVINAS”

                                                                                  por Toby Green *

 

Me trasladé a la isla en avión. No podía evitar sentirme algo confuso, pues conmigo viajaban cincuenta o más miembros de la tripulación de un barco de investigación sismológica, todos británicos. En los últimos cinco meses y medio solo había coincidido con tres británicos –o angloparlantes nativos-con excepción de mi novia. Todos mis compañeros de vuelo hablaban en inglés. Cuando al atardecer el avión atravesó las nubes color escarlata que se cernían sobre la isla Soledad y la luz se derramó sobre los lagos y fiordos de ésta, advertí que estaba sufriendo una especie de shock cultural inverso. Casi había olvidado lo que significaba ser británico; mientras oía en mis viajes en Argentina a los demás pasajeros hablar sobre fútbol y las próximas elecciones generales, comprobé que mi lengua británica sufría una suerte de parálisis. Cuando en Puerto Stanley me vi obligado a hablar en inglés, mis frases estaban repletas de latiguillos propios del español y siempre las acababa con el característico “¿no?” de los hispanos. Así pues , decidí hablar lo menos posible.

            Deambulé por la isla sin dar crédito a mis ojos. A mi alrededor había auténticos pubs que servían cerveza inglesa, y una de las cosas que hice fue tomar mi primera y única Guinness del año. También vendían el típico pescado rebozado con patatas fritas, y el olor de fritanga  flotaba por todas partes. Allí podía encontrarse lo que un británico añora cuando está lejos de su casa, tentaciones que se aparecían ante mis ojos como deseos olvidados. La ciudad de Stanley se caracteriza por sus pequeños y ordenados huertos al otro lado de bonitas cercas; por las ovejas que pastan en el campo de golf; por los petreles que sobrevuelan los barcos naufragados en el puerto, por las personas que avanzan a paso rápido por las monótonas aceras con la cabeza gacha  protegiéndose el rostro del viento, y por el supermercado CO-OP que vende dulce de leche chileno y muestra su precios en libras y peniques exclusivos de las islas Malvinas.

            Mi casera se llamaba Kay, era una abuela jocosa que fumaba como una locomotora . Kay había nacido en la isla Gran Malvina y pasado toda su vida en el archipiélago. Hablaba con voz suave, pero cuando explicaba un chiste , siempre acababa soltando una carcajada estruendosa. Otro de sus huéspedes en la casa era Soren , un excursionista alemán que había llegado en el mismo vuelo que yo. Al día siguiente íbamos a visitar Port Louis. Yo deseaba caminar por el istmo hasta Darwin, nombre del lugar al que el científico llegó en su viaje por la isla. Soren, por su lado, deseaba conocer una de las únicas colonias de pingüinos emperador  existentes fuera de la Antártida en Volunteer Point, a dos días de camino de Port Louis.

           

Esa noche Kay nos habló de la guerra.

 

- Debió de ser terrible cuando llegaron y se instalaron aquí sin más ni más- (comentó un médico inglés a quién Kay también daba hospedaje)

- No podías evitar sentir compasión por ellos, la mayoría no eran mas que chiquillos que no sabían nada  y se morían de hambre. Mi padre solía trabajar en el basurero municipal, pero tuvo que dejarlo debido al gran número de reclutas  que iban allí en busca de comida. Los oficiales comían carne y chocolate , mientras que los muchachos no tenían nada que llevarse a la boca.

 

Kay había pasado la mayor parte de la guerra en la granja de una amiga al oeste de Stanley.

 

- Por dos veces llegaron a la granja reclutas que habían huído. La primera vez que volvimos a casa nos encontramos con un indio enorme sentado  detrás de la casa. Nos quedamos de piedra pero nos dimos cuenta de que estaba demasiado agotado para hacer nada, pobrecillo. Era del trópico; un día estaba caminando por una carretera  cuando se acercó un camión , lo recogieron y lo pusieron en la caja trasera. Ni siquiera sabía dónde se encontraba. Cuando vio nuestra casa decidió abandonar su posición porque ya había tenido suficiente, pero nosotras le dijimos que era mejor que regresara , porque de lo contrario era probable que le fusilaran por desertor. De modo que regresó.- Hizo una pausa y con el rostro compungido añadió:

- Lo lógico era que si realmente deseaban ocupar las islas, al menos les dijeran  a los soldados dónde iban. No se puede enviar a alguien que procede del trópico a un lugar tan frío.

 

Dado que debía cruzar la isla a pie en una semana, solo permanecí un día en Stanley, un lugar tranquilo y somnoliento donde era difícil imaginar que sucediera algo, mucho menos una guerra contra Argentina o batallas campales en plena calle. Se respiraba un profundo sentimiento probritánico, lo cual me resultaba extraordinario, sobre todo si se tiene en cuenta  que Gran Bretaña se encuentra a mas de quince mil kilómetros  de distancia. Yo llevaba tanto tiempo en América del Sur  que el silencio y el ambiente reservado me resultaban incomprensibles, hasta que oí un comentario en uno de los pubs de Stanley:

-Claro- (dijo una mujer de mediana edad)- desde la guerra todos nos medicamos, pues acabamos con los nervios destrozados.

 

Me dirigí a Port Louis con Soren y nos presentamos ante el administrador de la granja. Soren le dijo que pretendía continuar hasta Volunteer Point:

- No puede hacer eso, el terreno está cerrado.

- ¿Cerrado?

- Sí, George (se refería al dueño de la granja) –no permite que nadie vaya allí hasta que el gobierno le construya una carretera.

- ¿Cómo puede hacer eso?

- Es su tierra- fue su respuesta.

Soren le lanzó una mirada iracunda. Había otra reserva natural de pingüinos en Seal Bay, a ocho horas de camino.

- ¿Qué hay de Seal Bay ?

- ¡ Oh, no ! –respondió el hombre

- Ya no permitimos la entrada a nadie. Sólo puedes ir si contratas el viaje en una agencia de Stanley.

 

El granjero continuó entonces trabajando.

-Increíble- dijo Soren, airado – No me lo puedo creer. ¿Qué clase de lugar es este que cierra  sus dos atracciones turísticas mas importantes y no te lo dicen hasta que ya estás aquí ?

           

            Tenía razón, había recorrido un camino muy largo solo para descubrir que no le permitían conocer las zonas más interesantes. Aún me preocupa pensar qué habría hecho Soren si yo no hubiera estado allí, pero al final decidió acompañarme en mi ridículo viaje por la isla tras los pasos de Darwin... (continuará)

 

 

*Toby Green es inglés licenciado en filosofía de la Universidad de Cambridge. El próximo 12 de febrero cumplirá 30 años. Trabajó como profesor en Chile.   En 1996 recibió una beca para seguir a caballo , la ruta que Darwin realizó por América del Sur, lo que narró en su hermoso libro “Tras las Huellas de Darwin.”

El tramo que transcribimos corresponde a su trayecto por Malvinas y ha sido seleccionado para incorporarlo a la caja de bombones por tres razones fundamentales: es inglés, filósofo y joven. Tenía apenas ocho años cuando estalló la guerra, su objetividad en el relato nos exime de cualquier comentario.

 

 

 

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